El imperio de lo que siento

Después de una generación marcada por la represión de sentimientos, la mía nació a la luz del culto a las emociones, a la búsqueda del sí mismo. Tomó como brújula de vida el deseo y tuvo como horizonte el placer. Nos desacartonamos, nos liberamos de la mirada ajena, de los mandatos, nos expresamos con soltura, relajamos las normas e hicimos la vista gorda cada vez que lo justificaba el "sentirnos bien".
Pero...¿no hay límites para el imperio de los sentimientos, el imperio de mis deseos, de  mi sensación de bienestar? 



 "Si no lo sentís, no lo hagas" pareciera decir el último mandato ético universal. Y desde chicos dejamos que nuestros hijos decidan todo en función de sus sentimientos. Si hoy no tiene ganas de ir al colegio, no va. Es más importante que sea feliz. Si no le gusta ordenar, dejémoslo que viva como es. Si "no le nace" ser bondadoso con sus vecinos pensamos que "por algo será" y otorgamos a esa intuición la categoría de certeza . La espontaneidad es el criterio que define el bien, lo que corresponde, lo que hay que hacer. Lo que no surge espontáneamente, es trucho.
Las consecuencias de esa filosofía se agravan con el paso de los años. Hay una generación que no tiene pelos en la lengua, que se lanza en cualquier contexto a decirlo todo "porque es lo que siento". No pone filtros a su verdad (eso sería represión o dañaría el carácter auténtico) envalentonada en que se banca las consecuencias. No deja de mirar su propio ombligo ni de responder al único mandato de sus deseos. Su voluntad ha sido muy poco educada.
Más temprano que tarde esa generación cae en el hastío, en el desconcierto, en el vacío. Vemos a diario imágenes tremendas de esa realidad.
Porque cuando "lo que siento" es el único justificativo moral para una acción, no hay lugar para el esfuerzo (en estos tiempos, encarnación por excelencia de lo inauténtico ya que se lo confunde con lo forzado), para lo que debo aunque no me guste, para pensar en lugar de solo sentir, para planificar a plazos más largos y duraderos que el efímero goce del presente.  
El imperio de lo que yo siento nos deja ver a diario huellas y heridas en una generación atormentada por la falta de sentido, por la falta de rumbo y por la soledad. Y es que ese error de logística emocional provoca que todo lo que yo siento (y por ende hago) resulte al final muy distante de aquello que profundamente anhelo.

Comentarios

  1. Muy bueno... hoy encontré este blog y no paro de leer... :)

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  2. Qué bueno! Me alegro mucho que alguien haya llegado a leer mi primer nota :)! Muchas gracias

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  3. Muy cierto todo esto, coincido y ojalá varios de nuestra generación nos demos cuenta para intentar una reeducacion en nuestros hijos

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  4. Sí, ojalá seamos capaces de lograr cierto equilibrio entre nuestros sentimientos y nuestras ideas a la hora de actuar. Porque hacer "lo que tengo ganas" produce una satisfacción muy efímera. Gracias Angie por participar!

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