Navidad sin tí

Por primera vez, este año, decidí armar el arbolito por adelantado. Mis dos hijos tenían tanta ilusión... Y en este país las tradiciones son diferentes. Acá el árbol se arma en Thanksgiving. Así que, como por arte de magia, el fin de semana pasado se iluminaron las casas y se encendió en toda la ciudad el espíritu navideño. No me pude resistir.

Mientras ponía los adornos que mis hijos peleaban por alcanzarme, sonaba la lista Christmas con canciones clásicas y otras no tanto. Una catarata de sentimientos me chorreaba desde las entrañas. Mi infancia. Mamá poniendo el disco, armando entre todos el árbol, abriendo la caja sagrada del pesebre familiar. El Jesús enorme en lo de mis abuelos, las mesas tan lindas en el jardín de mis tíos o en casa,  la mezcla de excitación, alegría y ansiedad que compartía con mis hermanos y primos hasta que sonaba la campana de los regalos. Y tantas otras cosas.


Una de las típicas mesas de comida que armábamos durante muchos años en Luján


Confieso que viviendo fuera de mi país éste es el momento del año que más me cuesta. Me la paso manejando con lágrimas que saltan con cada canción navideña en la radio. Y me pregunto por qué esta melancolía no surge tan fuerte en muchas otras ocasiones.

Me respondo que aprendí la Navidad como una fiesta de la familia. Nunca la había pasado con amigos, como en ocasiones algunos cumpleaños o fin de año. Siento viva la emoción de aquellos viajes del 24, de Luján a San Isidro, para celebrar con abuelos, tíos y primos la Navidad. Las bandejas con pavo que mamá llevaba en el auto y había que cuidar que no derraparan. Los Papá Noel que pasaban en carro por el camino. Nuestras mejores ropas que nos esforzábamos por no arrugar en aquellos viajes de más de una hora en tiempos previos al Acceso Oeste.

Todo esto venía a mi mente mientras armaba el árbol y pensaba en cómo transmitir a mis hijos nuestras tradiciones de Navidad. Me di cuenta que no había nada como vivir ese instante con la emoción, la energía y la alegría del aquí y ahora. Y que eso era el para siempre.
La ceremonia de regalos en la casa de mis tíos y primos que tanto quiero





























Al día siguiente de este revuelo de sensaciones y pensamientos me entero de la muerte del hijo de Carolina, una persona querida. Justo Ferrarini, de 25 años, había tenido un accidente fatal camino a su casa. Se me congeló el alma a pesar de no haberlo conocido. Solo ver su foto y la chispa de alegría en su mirada me bastó para sentir lo inimaginable, lo incomprensible, lo inexpresable. 

Como atravesando mi humanidad, se puso de pie mi alma de madre para abrazar desde la distancia y desde la nada -sí, sentí en ese momento que no tenía ni era nada más que un alma de madre- a esa mujer-monumento que puede seguir levantándose cada día. 
Desde entonces, no puedo dejar de pensar en ellos. En Justo, en Carolina, en la hermana Valentina de 23 años y en el padre Gerardo. Hoy están unidos como nunca.


Justo, Carolina, Gerardo y Valentina Ferrarini

No puedo mirar a mis hijos sin pensar en esto que quiero transmitir y volver a repetírmelo: sepamos que cada momento cuenta, que cada instante es parte del para siempre, que cada día no vuelve más. Procuremos vivir momentos extraordinarios en la vida cotidiana que nada tienen que ver con regalos o con un viaje caro. Más gestos y menos gastos. Pongámosle emoción a los detalles. Y el sello de la familia.  

Para todos los que extrañamos a alguien, una canción aquella tarde en que armaba el árbol me dio la respuesta: “Y cuando estés recordando a quien ya no esté a tu lado, no olvides que siempre hay otros que precisan de tí…”
Esta Navidad Justo no estará en su casa. Pero sí en la mía y en la de muchísimos otros que en estas fiestas recordaremos, en su nombre, la eternidad de cada instante.


*Dedicado a Carolina Ruiz Montani, la madre extraordinaria que elige ponerse de pie. Y a la familia Ferrarini


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