Un espacio para la víctima
Desde chicos nos enseñan a ser héroes, a no "hacernos las víctimas". Y en los momentos desafortunados de la vida está mal visto llorar, lamentarse, enojarse, protestar, resistirse.
En cambio "hay que ponerle el pecho" a las situaciones, "salir adelante" ser optimista y positivo. Wow, héroes de la vida. Aplauso a los valientes.
Nunca me convenció la doctrina heroica. No porque entienda que la actitud ante el infortunio deba ser la contraria, la de la víctima. Sino porque entiendo que frente a la adversidad es sano que haya un espacio y un tiempo para la víctima así como un espacio y un tiempo para el heroísmo.
Cuando hablo de un espacio para la víctima me refiero a liberar esos llantos, esos cuestionamientos y protestas; a poner sobre la mesa la tristeza o la angustia sin sonrojarse, sin pedir disculpas, sin sentir menoscabada la inteligencia o la determinación.
Por supuesto que esa liberación tiene un tiempo apropiado después del cual comienza a funcionar como chicle gastado, insulso y con destino al tacho.
Pero hacer espacio a las emociones de la víctima pone en marcha adecuadamente el motor de la reconstrucción.
Porque hay demasiado héroe sin alma. Porque quien vence sin haber experimentado el miedo, la angustia, la inseguridad, el llanto raramente puede sentir empatía, compasión, solidaridad hacia la pila de seres humanos que no logran resultados heroicos.

Alguien podría decir que los héroes también sienten esas emociones pero se sobreponen a ellas. No es cuestión de haberlas sentido. Hay que vivirlas o convivir con ellas, hacerles un lugar para experimentar el dolor con ojos abiertos. No esconderlas, no acallarlas, no reprimirlas solo para complacer al héroe.
Muchos supuestos héroes son hombres temerosos de dejar salir sus emociones. Suben a la cima de metafóricas montañas pero son incapaces de saltar una piedra con autenticidad, sin miedo a dejar fluir sentimientos que consideran vergonzantes o paralizantes.
El verdadero héroe es el que se anima a atravesar con coraje los vendavales de lágrimas, de incertidumbre, de desazón. El que hace un espacio y un tiempo de vivencia a las emociones no para ahogarse en ellas sino para llegar más sabio, más maduro y más humano a la meta. Mejor hombre y menos héroe. Más real.
En cambio "hay que ponerle el pecho" a las situaciones, "salir adelante" ser optimista y positivo. Wow, héroes de la vida. Aplauso a los valientes.
Nunca me convenció la doctrina heroica. No porque entienda que la actitud ante el infortunio deba ser la contraria, la de la víctima. Sino porque entiendo que frente a la adversidad es sano que haya un espacio y un tiempo para la víctima así como un espacio y un tiempo para el heroísmo.
Cuando hablo de un espacio para la víctima me refiero a liberar esos llantos, esos cuestionamientos y protestas; a poner sobre la mesa la tristeza o la angustia sin sonrojarse, sin pedir disculpas, sin sentir menoscabada la inteligencia o la determinación.
Por supuesto que esa liberación tiene un tiempo apropiado después del cual comienza a funcionar como chicle gastado, insulso y con destino al tacho.
Pero hacer espacio a las emociones de la víctima pone en marcha adecuadamente el motor de la reconstrucción.
Porque hay demasiado héroe sin alma. Porque quien vence sin haber experimentado el miedo, la angustia, la inseguridad, el llanto raramente puede sentir empatía, compasión, solidaridad hacia la pila de seres humanos que no logran resultados heroicos.

Alguien podría decir que los héroes también sienten esas emociones pero se sobreponen a ellas. No es cuestión de haberlas sentido. Hay que vivirlas o convivir con ellas, hacerles un lugar para experimentar el dolor con ojos abiertos. No esconderlas, no acallarlas, no reprimirlas solo para complacer al héroe.
Muchos supuestos héroes son hombres temerosos de dejar salir sus emociones. Suben a la cima de metafóricas montañas pero son incapaces de saltar una piedra con autenticidad, sin miedo a dejar fluir sentimientos que consideran vergonzantes o paralizantes.
El verdadero héroe es el que se anima a atravesar con coraje los vendavales de lágrimas, de incertidumbre, de desazón. El que hace un espacio y un tiempo de vivencia a las emociones no para ahogarse en ellas sino para llegar más sabio, más maduro y más humano a la meta. Mejor hombre y menos héroe. Más real.


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