Hermanas

La emocionante final de tenis que jugaron las hermanas Williams y las palabras cargadas de sentimientos y de risas que se dedicaron, me animaron a escribir sobre uno de los lazos más hondos y sagrados que tengo: el de una hermana.  
La hermandad me parece algo magnífico independientemente de los géneros involucrados. Pero además de mi propia experiencia he podido observar durante años la particularidad del lazo que suele darse entre hermanas mujeres.
Crecer juntos, compartir una historia, incorporar las mismas normas, valores, códigos familiares, absorber un tipo determinado de humor y de malhumor, el mismo margen de rebeldía o de desobediencia, entre millones de otras cosas, forjan la hermandad. Pero por encima de todo, absorber una misma sensibilidad. Incorporar una misma forma de ser amados que será la misma forma que tendremos para amar. 
Y amar en el sentido más amplio de la palabra. No solo cómo querer a un marido o a un hijo. Sino la forma de acercarse y de tratar a los otros, el coraje para enfrentar conflictos, el modo de cuidar las cosas, el modo de hablar y de decir las cosas, el respeto por lo propio y por lo ajeno. Si bien con el tiempo cada hermano pintará esta estructura con el color de su personalidad, esa base compartida es una marca común que cualquiera puede distinguir a miles de kilómetros de distancia.
Pero lo increíble de las hermanas es que parecieran absorber y digerir todas esas cosas de una manera muy similar. Y de ahí surge la enorme y maravillosa complicidad. Recuerdo cómo con mi hermana nos pasábamos a la misma cama ya con la luz apagada y después del beso de mamá y papá. Cómo nos mostrábamos con anticipación y en secreto regalos de Navidad o de cumpleaños que no aguantábamos esperar. O cuánta tentación reprimimos en aquél reto de la vieja el día que le habían arruinado el pelo con una permanente y cuando cerró la puerta nos deshicimos en llantos de risa. Miles de anécdotas que unen nuestras almas con el sello de ese nido que nos acunó juntas. 


Abrazo entrañable con mi hermana Lu...¡la adoro!



Recuerdo con qué orgullo le di la mano y la acompañé a su sala de jardín en un territorio que consideraba propio: mi colegio. Y cómo quise que aprendiera a leer, a escribir o a dibujar antes y mejor que nadie y la enfrascaba en insoportables lecciones. Tantas tardes de preparar tortas y postres juntas (a mí siempre me tocaba enmantecar el molde), de planear pequeñas sorpresas, chistes o regalos familiares. Eso y mucho más fue la infancia. 
En la vida adulta me sorprende ver cuánto hay de cada una en la otra. Y conocer exactamente cuánto sufre, cuánto teme, o cuánta felicidad implica cada cosa para mi hermana. Adoro esa capacidad única que tenemos de decirnos las verdades más crudas sin que haya ofensas. Desde qué feos son unos zapatos nuevos hasta cuánto nos equivocamos en alguna conducta. Y tenemos concesiones únicas como la de compartir el mismo vaso de Coca o usarnos la ropa o burlarnos de algún defecto. Nos dan risa los mismos chistes tontos, nos horrorizan las mismas injusticias, nos complican las mismas mañas, nos humedecen los ojos las mismas percepciones o sentimientos.
No me gusta decir que somos amigas porque creo que somos mucho más que eso. Nos necesitamos, nos extrañamos y nos desgarra el corazón la realidad de la distancia. Pero sabemos que nuestras vidas están unidas para siempre con el sello inigualable de la hermandad, con la sangre de la familia  y con el corazón que nos entregamos cada una. Escribo esto porque sé que es una experiencia universal. Te dedico esto, hermanita mía,  porque tu presencia late fuerte en cada uno de mis pasos. 

Comentarios

  1. Que felicidad siento!!
    Primero porque soy testigo de ese sentimiento entre ambas...
    Segundo, porque es hermoso volver a "leerte" Tere!! Lo haces tan bien...!!
    Tercero porque las quiero mucho a las dos!!! ����

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    Respuestas
    1. Gracias Mariela por acompañarme con cariño durante tantos años! Sos una gran amiga, besos

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