Inmigrantes
La playa y el shopping son lujos extraños para miles de inmigrantes latinos que eligieron venir a vivir a Miami. No me refiero a aquellos que llegan traídos o atraídos por grandes empresas. Ni a los que huyeron de la violencia política y social de su países de origen. Hablo de los que vienen sin sponsor, sin papeles, muchas veces sin ganas o sin nada.
Como residente de esta ciudad, a veces ícono de frivolidad y de ostentación, quiero dedicar un espacio para mirar y para pensar en ellos.
Para admirar su espíritu incansable de trabajo porque es común que tengan más de uno y que padezcan a diario los cimbronazos de la inestabilidad.
Suelen andar con una sonrisa pegada en el rostro que muchas veces esconde la pena profunda que guardan en el alma. Porque han venido con el sueño de salvar a otros o de salvarse a sí mismos de la pobreza, de la falta de oportunidades, de la marginación, de la desesperanza.

Sí, su llegada o su decisión de quedarse ha sido desprolija. Tal vez porque la desesperación y la urgencia no suelen reparar en papeles. Difícil de juzgar. Pagan con un estado de intranquilidad e incertidumbre permanentes.
Algunos parecen con un corazón de piedra. Son generalmente los que cargan con las cruces más pesadas, los que caminan con un armazón de hierro y de distancia para poder sostener tanto dolor a cuestas. Otros bailan, celebran, comen abundante, hablan fuerte y hacen mucho ruido porque temen que el silencio o la quietud les traiga una nostalgia que los puede partir.
Por supuesto, no son todos iguales. Hablo de historias que conocí y que me conmovieron en estos años. Historias de madres separadas de sus hijos, chiquitos y grandes; mujeres lejos de sus maridos; hijos que han dejado a sus padres.
Historias con un sobre a fin de mes que se lleva todo el sudor y todas las lágrimas. Con la ilusión de ganar una sonrisa en algún rincón oscuro de América latina. Con la fe de que existe recompensa. Con sus manos aquí y sus sueños allá.
Como residente de esta ciudad, a veces ícono de frivolidad y de ostentación, quiero dedicar un espacio para mirar y para pensar en ellos.
Para admirar su espíritu incansable de trabajo porque es común que tengan más de uno y que padezcan a diario los cimbronazos de la inestabilidad.
Suelen andar con una sonrisa pegada en el rostro que muchas veces esconde la pena profunda que guardan en el alma. Porque han venido con el sueño de salvar a otros o de salvarse a sí mismos de la pobreza, de la falta de oportunidades, de la marginación, de la desesperanza.

Sí, su llegada o su decisión de quedarse ha sido desprolija. Tal vez porque la desesperación y la urgencia no suelen reparar en papeles. Difícil de juzgar. Pagan con un estado de intranquilidad e incertidumbre permanentes.
Algunos parecen con un corazón de piedra. Son generalmente los que cargan con las cruces más pesadas, los que caminan con un armazón de hierro y de distancia para poder sostener tanto dolor a cuestas. Otros bailan, celebran, comen abundante, hablan fuerte y hacen mucho ruido porque temen que el silencio o la quietud les traiga una nostalgia que los puede partir.
Por supuesto, no son todos iguales. Hablo de historias que conocí y que me conmovieron en estos años. Historias de madres separadas de sus hijos, chiquitos y grandes; mujeres lejos de sus maridos; hijos que han dejado a sus padres.
Historias con un sobre a fin de mes que se lleva todo el sudor y todas las lágrimas. Con la ilusión de ganar una sonrisa en algún rincón oscuro de América latina. Con la fe de que existe recompensa. Con sus manos aquí y sus sueños allá.


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