En el consultorio con los chicos, ¡help!
Habiendo iniciado la maternidad rozando los 40, hoy con un hijo de cinco y otro de uno, comprenderán que el consultorio del pediatra se haya convertido en mi segundo hogar.
Es una casa adorable, con pisos de colores y paredes pintadas con dibujos fantásticos. La sala de espera tiene sillones súper cómodos y una TV gigante con películas de Disney. Las enfermeras son simpáticas y amables. Elizabeth-mi asistente preferida-junto a Carolina, Fabio y el Dr. Guevara son, a esta altura, parte de mi familia. Si, todo se ve muy lindo. Hogar, dulce hogar...
Pero el reloj pasa y yo tironeo a mis hijos en la sala de espera para que se comporten de un modo menos salvaje. Es que después de una hora la película se terminó, se acabaron las galletitas, perdieron su gracia los juguetes y los otros chicos que había para mirar.
Subieron ya por todos los sillones, se deslizaron libremente por el piso, miraron por la ventana, abrieron mi cartera, estiraron mi ropa y llorisquearon de aburrimiento.
Pero una puerta se abre y allí está sonriente y quietita la enfermera, diciendo nuestro nombre y haciendo gesto para pasar. Siento que me gané la lotería; quiero saltar, abrazarla y decirle cuánto la quiero. Pero me frena y me avisa que habrá que esperar.
¡Bravo!-me doy ánimo- la sala en que aterrizamos tiene nuevas cosas para inspeccionar.
Florencio y Emilio suben y bajan de la camilla, dan vueltas en el banco giratorio, revisan el tacho grande de basura, abren todos los cajones. Encuentran un rollo de papel gastado y aplaudo el tesoro que servirá de espada por unos...¿dos minutos? Ahora no festejo. Se pelean por la espada y los gritos parecen que los estoy torturando. Tiro las reglas por la borda y les doy el teléfono. Pongo Caillou y Florencio protesta que quiere Power Rangers. Cambio. El Bebé llora. Florencio quiere ir al baño pero está ocupado. Grita y llora. Me asomo al pasillo con timidez pero nadie parece inmutarse por los ruidos desaforados que salen de mi refugio.
No hay doctores en el horizonte con lo que pierdo la esperanza de una breve espera. Con el gordo a upa recorremos en detalle toda la obra de arte infantil que decora los pasillos. Voy despacito y haciendo caras que creo cómicas a fin de distraerlo. Pero tiene tanto malhumor que me pega en la cara como diciendo calláte. Vuelvo adentro. Florencio se quedó dormido. Siento pena por él pero hago una señal de la cruz y agradezco al cielo.
Olor, olor...feo olor. El gordo se hizo popó. Cantado: aparece el doctor.
Mientras despierta y revisa a Florencio me explica con toda claridad y detalle el funcionamiento del cuerpo humano, los desajustes que padece mi hijo, las consecuencias. Quisiera tomar nota y hacer mil preguntas pero sostengo a Emilio que se mueve como si tuviera un chaleco de fuerza mientras llora y repite mamá. Siento el teléfono que vibra en mi bolsillo. Debe ser el padre que quiere saber cómo va todo, pienso. "¡Tendrías que estar un segundo en mi lugar!-le contesto exasperada en una nube de pensamientos-y ver qué tan fácil es entender qué corno pasa con la salud de nuestro hijo", sigo maquinando y anticipándome a las mil preguntas que me aguardan al llegar a casa.
Estoy ensimismada cuando me sacude un "eso es todo".
¡No escuché las dosis, no le avisé que cambié de farmacia, no me acuerdo de una pregunta que era importante hacerle!.
El doctor me espera y me escucha. Repite con paciencia los pasos.
Ahora soy yo la que quedó de cama. Salgo con los chicos saltando por mi cabeza y con el terrible horizonte de una nueva espera en CVS. No es lo peor. Me dan turno para la semana próxima. ¡Renuncio! HEEEELP!.
Olor, olor...feo olor. El gordo se hizo popó. Cantado: aparece el doctor.
Mientras despierta y revisa a Florencio me explica con toda claridad y detalle el funcionamiento del cuerpo humano, los desajustes que padece mi hijo, las consecuencias. Quisiera tomar nota y hacer mil preguntas pero sostengo a Emilio que se mueve como si tuviera un chaleco de fuerza mientras llora y repite mamá. Siento el teléfono que vibra en mi bolsillo. Debe ser el padre que quiere saber cómo va todo, pienso. "¡Tendrías que estar un segundo en mi lugar!-le contesto exasperada en una nube de pensamientos-y ver qué tan fácil es entender qué corno pasa con la salud de nuestro hijo", sigo maquinando y anticipándome a las mil preguntas que me aguardan al llegar a casa.
Estoy ensimismada cuando me sacude un "eso es todo".
¡No escuché las dosis, no le avisé que cambié de farmacia, no me acuerdo de una pregunta que era importante hacerle!.
El doctor me espera y me escucha. Repite con paciencia los pasos.
Ahora soy yo la que quedó de cama. Salgo con los chicos saltando por mi cabeza y con el terrible horizonte de una nueva espera en CVS. No es lo peor. Me dan turno para la semana próxima. ¡Renuncio! HEEEELP!.


Comentarios
Publicar un comentario