Mamá

Ayer en Estados Unidos celebramos el día de la madre. Y, aunque la tengo lejos, quiero rendir honor a la mía. Todavía siento en la piel el desgarro de nuestra reciente despedida. Y me sacude la cabeza pensar que a pesar de mi crecimiento, de tantos desprendimientos y evoluciones, de tanto afecto que llena mi vida, cada vez que la veo desaparecer en ese tumulto frívolo de sombras y ruidos que son los aeropuertos, siento que se me quiebra el alma, que se va con ella un poco de mi vida. Y lloro desconsoladamente por dentro abrazando a aquella chiquita que fui y que todavía está.
El misterio de la maternidad excede mi capacidad de entenderlo. Siempre rechacé los lugares comunes para definirlo y esa especie de fundamentalismo de que "para una mujer no existe nada mejor en el mundo que ser mamá"; eso vendría a significar que no hay plenitud femenina fuera de la maternidad y sigo sin compartirlo. 
Pero como hija y como madre entiendo que la maternidad es un espacio infinito y excepcional de desafío y de  aprendizaje, de amor profundo, eterno, incondicional. De una belleza y de una sensibilidad desbordantes. 

Mamá: pasaron muchos años...hoy soy yo la que te mira con orgullo


De las tantas cosas que me maravillan, una es la transformación y crecimiento que va viviendo una madre tan al compás y en afinidad con el crecimiento de sus hijos. A decir verdad, pienso que es una virtud de la mía. Pero soy tan consciente de cuánto se parcializa mi juicio cuando hablo de ella, que me esfuerzo por sonar justa para las demás. 
De cuidar con tanto afán cada uno de mis pasos, mamá "me dejó la rienda suelta". De sus juicios que parecían rígidos e inamovibles pasó a dialogar con juicios que suenan amables y abiertos. De señalar con insistencia mis errores pasó a remarcar con insistencia mis virtudes. De explicarme y guiarme pasó a escucharme y a apoyarme. De consolarme con mil argumentos pasó a abrazarme y a permanecer en silencio. 
Tengo una madre valiente, capaz de ver con claridad mis desaciertos y de acompañarme con fortaleza en mi sufrimiento. Capaz de bancarse mis caminatas a contramano y de llevar con orgullo mis banderas, no por embobamiento sino por la profunda convicción en la nobleza de mis elecciones. Una madre que me respeta pero que no me teme, que se enorgullece de mí pero sin dejar de ser crítica, que me retendría para siempre a su lado pero que bendice mi independencia.
Un recuerdo vivo de mi niñez es la adoración de mi madre por nuestro abrigo. No como un recurso a la hora de salir de casa y de cuidar de nuestra salud sino como un mimo de protección y de calidez para cuando estábamos adentro.

Ella nos quería convencer a toda costa de las delicias de quedarnos "calentitos" en la casa cuando estábamos enfermos, o si hacia mucho frío o si llovía. 
También de tomar o de comer algo caliente o de quedarnos cercanos al fuego de la chimenea. 
Y dormíamos como con mil frazadas encima, lo que hoy interpreto como el peso envolvente de su presencia. 

A mis cuarenta y pico de años sigo acudiendo con devoción a mamá cuando la vida me congela. Y ella corre como sea, cruzando mares y montañas solo para darme su abrigo infinito que cura, que serena, que abraza. Como envolviéndome en aquel nido caliente en que supo gestar mi nombre.

Comentarios

  1. Que lindo!!! Me encanto, me emociono, tan cierto todo! Y excelente descripcion de Mema. La recuerdo asi, cuidando el nido en los detalles y en lo importante. Mandale un beso grande. Disfruto mucho leerte. Sobre todo en estos tiempos mios donde todo tiene que ser bueno y breve.

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    1. Ja! gracias Ceci por ser tan fiel seguidora! por la paciencia y por el ánimo que siempre me das con tus buenos comentarios. beso grande

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